miércoles 2 de junio de 2010

Take a sad song and make it better

Estoy llegando a una edad en la cual ya aprecio que tal vez he tenido tiempos mejores. Y quizá suene un poco falso si pienso que tengo 20 años, pero ese sentimiento no es individual y con vistas sólo a mi propio pasado, sino al pasado que empiezo a percibir como algo que forma parte de mí de una manera intrínseca y no obvia como pudo serlo mi propia infancia. Me refiero a una reflexión sobre mi pasado generacional, pienso específicamente en la generación que en los años sesenta o setenta tenía mi edad, la generación de mis padres.

La música que ellos oían, la ropa que vestían, el vocabulario que usaban, todo ha estado presente en mi vida –al menos como una foto en el álbum o como un cassette lleno de polvo–. Pero, ¿qué representó todo ello? entablar lazos con eso que ha formado parte de mi vida con las discusiones dentro del salón de clases no ha sido una tarea muy fácil. He encontrado algunas respuestas (provisionales); mi generación es el resultado de aquellos que oyeron las canciones nuevas de los Beatles en la radio y que soñaron con un cambio de vida, es el despertar de sus ilusiones y proyectos; nosotros, vistos desde ese pasado, somos la representación del desencanto, del encontronazo con la realidad. Sin embargo, no somos una generación desencantada, quiero decir que, bajo nuestros propios ojos no hemos sido vencidos aún.

Creo que vistos desde el presente, somos el refuerzo de aquellos ideales. Si las respuestas a las consignas de amor y paz fueron la fragmentariedad y la guerra, nosotros, los que nacimos con la caída del muro de Berlín, formamos parte de una nueva visión que lleva detrás de la retina las mismas consignas, pero reforzadas, ya sabemos lo que puede pasar, sabemos que todo puede salir de la peor manera, que de hecho eso ya sucedió, por eso mismo, por haber nacido en la derrota de una generación, aprendimos casi por ósmosis que existe otra alternativa, que si la moneda cae de un lado, es probable que la siguiente vez no será igual. Eso es lo que yo he aprendido con la teoría posmoderna.

Ahora, con el fácil acceso a la información por múltiples medios y con la consciente capacidad de elección, la nueva generación puede tomar los ideales de la anterior y luchar por que se vuelvan realidad a través de otras vías. Nada está perdido. El desencanto forma parte de una visión desde el pasado. Nosotros tenemos el terreno fértil del presente; con el sufrimiento de la derrota que aquellos vivieron, se allanó el camino por donde podemos andar.

Sin embargo, sigo sintiendo que hubo mejores tiempos. Y lo digo porque una forma de entender este presente es pensar que vivimos en la superficialidad y en el borde del abismo, que no queda nada por hacer más que afirmarse cínicamente en la posmodernidad aceptando toda la destrucción que eso conlleve. Lo digo porque la cosificación del hombre se ha vertido en el individualismo extremo de los nuevos tipos de vida. Es necesario ahora recordar en qué consistían los ideales de la generación pasada y transportarlos de una lógica colectiva a una individual, que es la que predomina. Aprovechemos las buenas ideas que no llegaron a sus metas de manera colectiva y hagamos que sean realidad en círculos individuales.

En eso consiste nuestra tarea generacional: en realizar los sueños de una colectividad en el
despertar de cada uno como ser independiente y autónomo capaz de elegir.

1 comentarios:

Clem dijo...

me encanta lo que has puesto ....pensamos muy parecido, al parecer todo se ha puesto para que nos unamos como generación en un trabajo creador, creativo y re-creativo. Lo bueno de los viejos tiempos que aún siguen por ahí (en tus viejos discos por ejemplo) y que nosotros podemos reemplearlos para hacer más realidades, muchísimas...